Groenlandia, la isla que incomoda a Washington.
Groenlandia, aunque semiautónoma, forma parte de Dinamarca y su población ha manifestado rechazo a ser tratada como objeto de negociación. La isla no es un trofeo geopolítico, sino un territorio con identidad, cultura y aspiraciones propias.
Por Baby Bomers
Publicado en 16/01/2026 12:27
Editorial

Estados Unidos mira hacia Groenlandia no solo como un territorio remoto, sino como una pieza estratégica en el tablero global. Su ubicación en el Ártico y sus recursos naturales convierten a la isla en un objetivo codiciado, aunque su soberanía pertenece a Dinamarca. El conflicto diplomático que se ha desatado revela tensiones históricas y contemporáneas sobre la expansión territorial y la pugna por el poder.

 

El reciente choque entre Washington y Copenhague ha reavivado un viejo debate, ¿hasta dónde puede llegar una potencia mundial en su afán de asegurar posiciones estratégicas? Bajo el liderazgo de Donald Trump, la Casa Blanca insistió en que Groenlandia debía considerarse prioridad de seguridad nacional. Incluso se planteó la posibilidad de adquirir la isla, lo que generó rechazo tanto en Dinamarca como entre los propios groenlandeses, quienes defienden su autonomía y rechazan ser tratados como mercancía.

 

Razones del interés estadounidense 

Ubicación estratégica, Groenlandia es un punto de control en el Ártico, clave para nuevas rutas marítimas emergentes por el deshielo polar. 

Recursos naturales, la isla es rica en minerales críticos como tierras raras, uranio y petróleo, esenciales para la industria tecnológica y militar. 

Seguridad nacional, Washington argumenta que Dinamarca no puede garantizar la defensa de la isla frente a Rusia y China. 

Proyección militar, la base aérea de Thule ya es un bastión estadounidense, pero el interés apunta a ampliar influencia y control. 

 

El intento de Estados Unidos por controlar Groenlandia no es un capricho aislado, sino parte de una historia de expansión territorial que incluye la compra de Alaska y la anexión de Texas. La lógica es la misma, asegurar recursos, posiciones estratégicas y ampliar su influencia global. 

 

Sin embargo, este conflicto revela una tensión mayor, la pugna entre soberanía y poder hegemónico. Groenlandia, aunque semiautónoma, forma parte de Dinamarca y su población ha manifestado rechazo a ser tratada como objeto de negociación. La isla no es un trofeo geopolítico, sino un territorio con identidad, cultura y aspiraciones propias. 

 

La pregunta es inevitable, ¿hasta qué punto las potencias están dispuestas a ignorar la voluntad de los pueblos en nombre de la seguridad nacional? Groenlandia se convierte en símbolo de resistencia frente a la lógica de la apropiación, recordando que la geopolítica no puede reducirse a mapas y minerales, sino que debe reconocer la dignidad de quienes habitan esas tierras. 

 

En conclusión, Groenlandia es más que un territorio en disputa, es un espejo de las tensiones del siglo XXI, donde el poder militar y económico choca con la soberanía y la identidad de los pueblos. La isla nos recuerda que la política internacional no puede olvidar a las comunidades que dan vida a los territorios, y que la dignidad de los pueblos debe prevalecer sobre cualquier ambición hegemónica. 

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