En un acto sin precedentes que ha dejado atónita a la comunidad internacional, María Corina Machado, líder de la resistencia venezolana y galardonada con el Premio Nobel de la Paz, entregó su medalla al presidente Donald Trump en la Casa Blanca. Machado describió el gesto como un reconocimiento al "compromiso único" del mandatario estadounidense con la libertad de Venezuela, tras la operación militar que puso fin al régimen de Nicolás Maduro. El encuentro sella una alianza política que desafía las normas diplomáticas tradicionales y redefine el tablero geopolítico del continente.
Desde el Despacho Oval, Donald Trump no tardó en presumir el obsequio a través de sus redes sociales, calificándolo como un "maravilloso gesto de respeto mutuo". La Casa Blanca difundió imágenes de la medalla, cuya inscripción celebra la acción decisiva para asegurar una nación libre. Sin embargo, este movimiento ha desatado una tormenta en Noruega; el Comité Nobel ha reaccionado con severidad, recordando que el galardón es estrictamente intransferible y que su valor reside en la lucha pacífica, no en el intercambio de favores políticos o militares.
A pesar del simbolismo de la entrega, el panorama para Machado sigue siendo incierto. Tras haber permanecido en la clandestinidad y huir de Venezuela en una operación táctica, la líder opositora busca consolidar el apoyo de Washington. No obstante, Trump ha mantenido una postura ambivalente: aunque acepta los elogios y el premio, se ha negado a instalarla formalmente en el poder, argumentando que, a pesar de su valentía, aún debe ganarse el respeto necesario para conducir las riendas de un país devastado por la represión y la crisis.
La controversia no solo divide a Washington y Caracas, sino que llega hasta las calles de Oslo. En Noruega, donde el Nobel es el pilar de su prestigio internacional, el uso del premio como "herramienta de guerra" ha sido calificado por analistas locales como una vergüenza política. Mientras el Instituto Nobel intenta controlar los daños de una decisión que consideran definitiva e irrevocable, los críticos de Machado la acusan de amplificar la retórica de intervención y desinformación para ganar el favor de una administración estadounidense que es profundamente impopular en Europa.
Al final del día, lo que queda es la imagen de una mujer que lo arriesgó todo —su seguridad, su libertad y ahora su máximo reconocimiento mundial— en una apuesta total por el respaldo de la potencia del norte. Mientras el chavismo residual se mofa de lo que llaman un acto de sumisión, el mundo observa cómo el símbolo más alto de la paz se convierte en el centro de un polémico juego de poder. Para El Popular de la Montaña, queda claro que en la lucha por la libertad, hasta los símbolos más sagrados pueden terminar sobre el escritorio de la Casa Blanca.