La cultura suele asociarse con grandes instituciones, teatros, museos, festivales oficiales. Sin embargo, la verdadera identidad de un pueblo se encuentra muchas veces en lo cotidiano, en aquello que no siempre recibe reconocimiento formal. En Hidalgo, por ejemplo, los bordados artesanales, la cocina tradicional, las ferias locales y las prácticas comunitarias son expresiones vivas que sostienen la memoria colectiva y que, sin embargo, rara vez son tratadas con la misma importancia que los proyectos culturales de gran escala.
Celebrar estas manifestaciones es celebrar la diversidad y la creatividad que florece fuera de los reflectores. Son espacios donde la cultura se transmite de generación en generación, donde se construye cohesión social y donde se fortalece el sentido de pertenencia. Pero también son ámbitos que enfrentan riesgos: la falta de apoyo institucional, la invisibilidad mediática y la amenaza de que las nuevas dinámicas de consumo cultural los releguen a un segundo plano.
El reto político y social es claro, reconocer que la cultura no es un lujo ni un accesorio, sino un derecho que debe garantizarse en todas sus formas. Las autoridades tienen la obligación de apoyar tanto a los grandes proyectos como a las expresiones comunitarias, porque ambas son parte del mismo tejido cultural. La inversión en infraestructura y difusión debe ir acompañada de políticas que valoren lo local, lo artesanal y lo popular.
La crítica es necesaria, mientras se destinan recursos a eventos de gran visibilidad, las tradiciones que sostienen la identidad de las comunidades siguen dependiendo del esfuerzo individual de artesanos, cocineras, músicos y promotores culturales. Esa desigualdad no solo es injusta, también debilita la riqueza cultural del país.
La pregunta que queda en el aire es si estamos dispuestos a reconocer y respaldar la cultura que vive en lo cotidiano, o si seguiremos limitando nuestro concepto de patrimonio a lo que cabe en los museos y en los discursos oficiales.