Los Juegos Panamericanos son, sin duda, una celebración del deporte continental. Cada edición reúne a miles de atletas que representan la diversidad cultural y la pasión competitiva de América. La reciente cita en Asunción 2025 mostró que, más allá de las medallas y récords, el evento es un espacio de encuentro donde las naciones se reconocen en su juventud, en su talento y en su capacidad de competir con dignidad.
Ese tono celebratorio es innegable: ver a jóvenes deportistas alcanzar sus primeras clasificaciones olímpicas, escuchar los himnos en escenarios internacionales y sentir el orgullo de las delegaciones es un recordatorio de que el deporte sigue siendo un lenguaje universal. La integración continental se vive en las canchas, en las pistas y en las piscinas, donde las diferencias políticas se diluyen en la emoción de la competencia.
Sin embargo, los Juegos Panamericanos también son un espejo político y social. La organización demanda inversiones millonarias en infraestructura, seguridad y logística. Los gobiernos anfitriones buscan proyectar modernidad y capacidad, pero la pregunta persiste: ¿quién se beneficia realmente de esos recursos? ¿La ciudadanía que espera mejoras duraderas en transporte, espacios deportivos y servicios, o las élites políticas y corporativas que capitalizan la visibilidad internacional?
La edición de Asunción dejó claro que el impacto económico es significativo, pero también desigual. El turismo y el consumo se disparan, pero los beneficios suelen concentrarse en sectores específicos. La crítica es necesaria: los Juegos no deben convertirse en un escaparate de poder blando ni en un negocio cerrado, sino en una oportunidad de democratizar el acceso al deporte y de fortalecer la cohesión social.
En suma, los Juegos Panamericanos son una fiesta que merece celebrarse, pero también un reto que exige responsabilidad. La ciudadanía tiene derecho a disfrutar del orgullo deportivo, pero también a exigir que las inversiones públicas se traduzcan en infraestructura útil, en programas de formación y en oportunidades reales para las comunidades.
¿serán los Juegos Panamericanos un legado compartido por todos o un espectáculo que se recuerda solo por las medallas y los discursos oficiales?