Tulancingo: identidad que se reinventa.
Lo que más me atrae de Tulancingo es su capacidad de reinventarse sin perder raíz.
Publicado en 10/12/2025 14:19 • Actualizado 15/12/2025 13:28
Estatal

En Tulancingo, la historia no se guarda en vitrinas: se respira en cada esquina. El Ex Convento de San Nicolás Tolentino, con sus muros centenarios, no es solo un vestigio colonial, es un recordatorio de que la memoria se construye con ladrillos y silencios. Y Huapalcalco, con sus piedras talladas por manos ancestrales, nos recuerda que antes de la modernidad ya existía aquí un centro de pensamiento y ritual. 

Sin embargo, lo que más me atrae de Tulancingo es su capacidad de reinventarse sin perder raíz. El Santo, nacido en esta tierra, convirtió la lucha libre en un símbolo cultural que trascendió fronteras. Su museo no es únicamente un homenaje: es la prueba de que una ciudad puede proyectar su identidad al mundo a través de sus personajes. 

La vida cotidiana también habla. La Floresta, con sus árboles que han visto pasar generaciones, es un espacio donde la ciudad se reconoce a sí misma: ahí conviven la calma del paseo y la vitalidad de los mercados. Y en la gastronomía popular, Tulancingo se vuelve lenguaje: los guajolotes, molotes y enchiladitas son más que antojitos, son relatos de convivencia que se transmiten de mesa en mesa. 

Lo fascinante es que Tulancingo no se conforma con preservar; se atreve a dialogar con el futuro. Los bordados de Tenango, cercanos a la ciudad, son ejemplo de cómo la tradición indígena se convierte en arte contemporáneo, capaz de conquistar pasarelas y galerías internacionales sin perder su esencia comunitaria. 

Visitar Tulancingo es aceptar una invitación a mirar hacia atrás para comprender el presente. Es descubrir que la identidad no es estática, sino un tejido vivo que se fortalece con cada feria, cada fiesta patronal, cada encuentro en la plaza. 

Tulancingo es, en definitiva, un espejo de Hidalgo: diverso, hospitalario y orgulloso de su historia, pero siempre dispuesto a reinventarse. Y esa capacidad de transformación es, quizá, su mayor atractivo. 

 

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